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              —¿Qué haces aquí en mi casa?

            —Mi nombre es...

            —Ni te conozco ni quiero conocerte, no estoy para tonterías. Vete de aquí ahora o llamo a la policía —interrumpió de forma cortante Sandra, a un hombre mayor que había entrado a su hogar de imprevisto.

            —Eso no hace falta, me llamaste y por eso he venido.

            —¿Yo? ¿Cuándo te llamé?

            —Ayer por la tarde, a las seis para ser exactos —dijo el visitante mientras se sentaba en el sofá blanco de cuero que Sandra tenía en su salón.

            —Ayer por la tarde estaba en el parque, y no llamé a nadie sobre todo porque no te conozco ni tengo tu número. Pero ahora voy a llamar a la policía, y por favor... ¡Levántate de ahí! —gritó Sandra visiblemente fuera de sí, mientras marcaba el número de la central policial.

            —Ayer te vi llorando en el banco gris donde estabas sentada, mirabas hacia el infinito y tu rostro desencajado gritaba sin emitir quejido ni sonido alguno. En ese momento escuché el doloroso silencio de tu mirada... y pude sentir tu dolor—dijo pausadamente el hombre misterioso, para luego continuar:

            —Vivo en la otra acera y te he visto pasar varias veces, pero ayer paseando por el parque te vi tan mal... Que hoy, acudí a tu llamado.

            —Hola, sí... Disculpe oficial... me equivoqué de número, sí, de verdad, no se preocupe. Hasta luego, gracias —dijo finalmente Sandra al policía  que le atendió, para luego trancar la llamada.

            —¿Por qué no te sientas un rato? Al fin y al cabo estás en tu casa —sugirió el hombre misterioso mientras esbozaba una pequeña sonrisa.

            — Lo siento, es que estoy muy mal... —confesó Sandra mientras se sentaba en frente del desconocido y comenzaba a sollozar.

            —Me llamo Mario. ¿Qué te sucede?

            —Mi esposo me dejó hace un par de años luego de 15 años de casados.

            —Te acompañó quince años, eso es un gran camino recorrido.

            —Supuestamente  uno se casa para toda la vida ¿no? Aún me siento destrozada, traicionada y vacía, muy vacía.

            —Te sentirás vacía pero en realidad no lo estás, estás completa, eres tú, sigues siendo un ser humano  ¿O ya ha avanzado tanto la tecnología que eres un robot y yo no me he dado cuenta?

            —No sabes lo que es estar destrozada por dentro... —dijo Sandra mientras se pasaba la mano izquierda por la cabeza.

            —Destrozado... sí lo sé, destrozada no, en eso tienes razón.

            —Perdón, no me di cuenta de lo que decía... ¿Qué te pasó a ti?

            —¿ A mí? Hace unos años perdí a mi hijo, el único que tenía.

            — Si yo pierdo a mi hija me muero, eso debió ser devastador... Lo siento de verdad.

            —¿Qué necesitas? —preguntó Mario mientras se reclinaba en el sofá y cruzaba una pierna sobre la otra.

            —¿Para qué?

            —Para sentirte mejor me refiero. ¿Qué necesitas?

            —Necesito estar tranquila, dejar de preocuparme tanto, y... no sentir este vacío que me desgarra por dentro, necesito paz y tener un Norte al menos.

            —Muy bien, ¿y qué podrías hacer para conseguir eso?

            —Ocupar el tiempo haciendo cualquier cosa que me mantenga la mente activa, buscarme un hobby o algo que me permita no recordar... justamente lo que deseo olvidar. Todo por culpa de esa zorra... —dijo con rabia Sandra mientras apretaba el puño con fuerza.

            —Buscarte algo que te apasione o un pasatiempo que te llene, es una excelente elección ¿Se fue con otra mujer?

            —Sí.

            —Lo siento, ahora bien, fue su decisión y... son cosas que suceden. Suele ser el resultado de una relación que no funcionaba bien. La otra persona que llega no suele ser la causa, sino la consecuencia de algo que no fluía de forma sincera y profunda.

            —Sí, no te lo niego, eso es muy posible. Lo que me hubiese gustado es haberlo sabido un año antes, para yo también ir buscándome la vida. ¿Sería lo justo no?

            —Normalmente ese tipo de cosas no se suelen decir —dijo Mario sonriendo amablemente.

            —La verdad que no...

            — ¿Y por qué cargas tanto odio hacia él?

            —¿Te parece poco el pequeño detalle de que me destrozó la vida?

            —Tú eres una mujer maravillosa que ha compartido su vida por voluntad propia con un hombre por quince años según me dijiste. Y ahora se han separado, por el motivo que sea.

            —El que sea no, porque se fue con otra, que es diferente.

            —Digamos que es así, continuemos... Cada motivo que encuentres para odiarlo a él o a quien sea, es un motivo que te hace daño a ti. El odio funciona como veneno que nos va matando mientras se pretende usar como arma arrojadiza en cuanto se pueda: "Voy a albergar mucho odio adentro, porque así lograré de alguna forma que le suceda algo malo a esa persona. Su dolor sanará mi odio. Sufrirá y eso me hará feliz".     

            Eso es lo que pocas veces se suele decir... pero muchas veces se suele pensar, aunque suene cruel y crudo. ¿Para qué cargar con ese ácido que corroe a quien lo lleva encima? Incluso si quisieras alegrarte de sus desgracias lo podrías hacer, cuando sucedan, sin necesidad de odiarlo previamente  durante meses o años.  Aunque si dejas de odiar, corres el "grave peligro" de que ese detalle deje de importarte y de quedar totalmente liberada, en paz y sin deudas emocionales.

            —Pero es que me hierve la sangre cada vez que lo pienso...

            — Por eso mismo debes quitarte los motivos por los cuales odias. Eso te está envenenando, y lo sé porque a mí me pasó y me los quité.

            —¿Y cómo hiciste?

            —Los enumeré.

            —No entiendo.

            —Voy a tratar de explicarme desde el principio. Perdonar.... ayuda a sanar, al sanar dejamos de reavivar el rencor,  y de la misma forma dejamos de pensar en esos recuerdos dolorosos, que dejan de doler y que se empiezan a alejar.

 

             Lo que trae el recuerdo a la cabeza es el sentimiento de odio, venganza y rencor. Si el sentimiento desaparece o es anulado, el recuerdo dejará de atormentarnos.

 

              Cuando comprendí eso, tomé la decisión de hacer algo al respecto. Me acerqué a la playa a caminar por la arena... buscando piedras grandes, del tamaño de un puño cerrado aproximadamente. Y poco a poco fui escogiendo cada una, en función de un odio específico.

            A cada piedra le escribí con tiza un número, para saber exactamente a qué odio pertenecía, e hice una lista. No tenía muchos, eran diez o doce odios. Y uno a uno los metí en una bolsa y los llevé para mi casa.

            Pesarían unos siete kilos o cerca de esa cantidad. El caso es que tomé la decisión de vivir con ellos de verdad,  y me dispuse a hacer El Camino de Santiago, con la mochila y mis odios adentro.

            Si dejaba una piedra tenía que soltar el odio que le correspondía y perdonar,  si no lo hacía, la cargaría hasta el final. Lo quería hacer así, porque de esa forma yo decidía en qué momento quitaba uno a uno cada odio de mi vida.

           

 

 

 

 

            —¿Y qué pasó?

            —Empecé por los odios que consideraba más perdonables, y después de mucho pensar y darle vueltas a la cabeza, a los doce kilómetros de andadura,  lancé el primero.

            —¿Cuál? Si se puede saber claro...

            —Te lo diría, pero es que los he olvidado casi por completo. Bueno, te sigo contando... Cuando iba por el quinto, me di cuenta de algo.

            —¿De qué?

            —De que era un imbécil. Estaba dándole demasiada importancia a rencores que me pesaban y me hacían daño no solamente en la espalda. Al darme cuenta de ello, las dejé todas apartadas en el camino. No tenía por qué darle tanta importancia, a ciertas cosas que en realidad no las tenían.

            —¿Cómo qué por ejemplo?

            —Es que todo es pasado, todos son recuerdos, son simples pensamientos los que nos hacen daño, solo que no nos damos cuenta de ello. Recuerdo vagamente que me  odiaba por cosas que había hecho y no encontraba forma alguna de perdonarme. Hasta que me di cuenta de que todos cometemos errores, todos fallamos y todos pasamos por momentos malos. Lo importante no es tanto lo que hicimos, sino lo que hacemos y lo que queremos hacer.

            Y me perdoné, aceptando que fallé, que hice cosas malas, y que esa persona que las hizo, ya no soy yo, lo fui... eso sí, pero ya no lo soy.

            Uno de los problemas de odiar es que si odias a tu ex, sin quererlo le vas a hacer también daño a tu hija, porque inconscientemente le vas a descargar a ella todo lo que sientes, y por otro lado también te haces daño a ti misma al seguir cargando con algo que además es innecesario.         

            Ese hombre que vivía contigo, ya se fue... Pues que se vaya y que le vaya bien, porque si le va bien...

            —Regresará lo menos posible. Visto así, hasta diría que quiero que le vaya fenomenal —dijo Sandra interrumpiendo a Mario y dejando ver una sonrisa cómplice.

            —Es mejor soltar... Somos humanos, cometemos errores,  aunque admitirlos suele ser algo difícil porque pensamos que eso nos quita dignidad, cuando en realidad es al contrario. Todos hemos tropezado al menos una vez. Errar es parte de la vida, lo que sí es importante es aprender de esos errores, sobre todo para no repetirlos.

            —Se me hace difícil...

            —Él, es un ser humano como tú, que se desarrolló con un aprendizaje diferente al tuyo, con amistades diferentes, padres diferentes, una forma distinta de ver el mundo y de sopesar sus pensamientos , necesidades y sensaciones. Es normal que actúe diferente, es normal que las relaciones se fracturen, es común que eso suceda. Entonces, buscar culpables es algo que te desgasta de forma innecesaria, y no admitir tu porcentaje de culpa es algo que te impide aprender y crecer...

            —Comprendo... Aunque eso que me has dicho me ha dolido un poco

            —Lo siento, pero prefiero decírtelo de forma muy sincera, porque sé que es mejor para ti. Admitir tu cuota de culpa, la que sea que puedas haber tenido, es algo que te beneficia. Por cierto, ¿podrías invitarme un vaso con agua?

            —Sí, dame unos segundos, te lo traigo y mientras te sigo contando.

            — Al final todos tenemos dentro de nosotros mismos las respuestas, solo hay que descubrir las herramientas que nos permitan encontrarlas.

            —No me va a ser fácil soltar todo lo que siento, pero lo voy a conseguir, porque entiendo que el dolor que me provoca va de la mano con la importancia que yo le doy a lo que pasó. Y seguramente también tengo mi grado de culpa en lo que sucedió, no lo voy a negar sin meditarlo antes concienzudamente.

            Me ha venido muy  bien esta charla, Mario. En breve me tengo que marchar. ¿Nos veremos otro día? —preguntó Sandra desde la cocina pero nadie contestó.

            ¿Mario? —volvió a preguntar Sandra mientras entraba al salón con el vaso de agua, y no había ni rastros de aquel enigmático vecino que tal como llegó, se fue...

           Sandra salió hacia la puerta de la casa para ver si daba con él, y al llegar... encontró frente a ella, una caja de plástico grande y verde con una tapa del mismo color.

 

           Sandra pudo ver un papel encima de la caja que llevaba escrito un mensaje:

            

                   "Por si no quieres ir a la playa..."

                                 Mario Miranda.

           

 

           Sandra abrió la caja, y sonrió...

 

 

 

                                             FIN.

 

     Roberto Walker D.

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