Ella y el vuelo de una gaviota.

Ella sollozaba por las noches, mientras nadie la veía. Hizo del silencio... su cómplice, su aliado y su leal amigo. Vivía en un oscuro y terrible letargo, mientras se llenaba cada vez de más vacío. Sonreía por necesidad, con la sonrisa forzada de quien no quiere que le hagan más preguntas de las necesarias.

Ella buscaba en sus recuerdos, los retazos de historias que habían rozado su corazón, mientras extrañaba la cercanía de unos besos que sonaban en la distancia. Sus pies, esos mismos que ocultaba con miedo porque creía que eran feos, la iban llevando paso a paso a un mundo incierto, a un mundo que se convertía en huellas en la arena anhelando un hermoso atardecer.

Sus noches más tristes las alimentaba de chocolate, como sustituto dulce del querer. Y por más que la vida le sonriera... ella no podía verlo, la ceguera del dolor la llevaba a tientas por los recovecos oscuros de sus pensamientos.

Ella... era luz incandescente, era magia capaz de transformar miles de almas, tan solo con tocarlas levemente en un batir de alas. Pero había decidido esconderse en una coraza de espinas que tapaba a cal y canto toda su existencia, mientras sentía en sus carnes como el miedo a la soledad se le iba clavando y como iba haciéndole más y más daño.

Un día, luego de ver una gaviota en pleno vuelo, se reveló contra un destino que no había firmado, y pacientemente fue cortando las cadenas que la escondían del mundo y que le causaban dolor.

Cuando al fin se liberó de sus miedos, de sus complejos y de sus carencias... comenzó a volar, como nunca antes lo había hecho, surcando el cielo con alegría, con ganas de saborear cada minuto de su existencia, con ganas de construirse una vida feliz... donde los "tequieros" dejaran de sonar a un producto más de la lista de la cocina.

Al tomar distancia de lo que era su vivir, pudo observar con detalle como lo importante había dejado de fabricarse, mientras en su lugar se había colocado lo superfluo. Se dio cuenta de sus errores no como algo que machacarse, sino como algo experimentado de lo que se debería extraer un aprendizaje... Y en ese momento, comenzó a ser feliz.

Tenía escondido un talento natural para sonreír... Sus labios felices eran una composición artística de lo hermoso, de lo perfecto, de lo sublime. Su boca en toda su inmensidad, era un mar repleto de vida, de sonrisas sinceras que brotaban como un fresco manantial en pleno verano.

Voló en su pensamiento, todo lo que pudo hasta quedar exhausta, para luego volver dispuesta a mejorar su vida. Se había dado cuenta de que vivir no era soportar un peso, sino saber dónde colocarlo.

Tras varios días, se fue deshaciendo de todo aquello que le pesaba, dejando atrás esa maleta de cosas tóxicas que solemos cargar, como si en verdad fuera algo necesario de llevar a cuestas.

Ella había descubierto que sentirse triste no era un Karma que cumplir, ni un castigo que soportar, sino una elección entre varias para el vivir. Comprendió que su libro vivencial aún no estaba terminado, y que no iba a desaprovechar ni una sola página... de las que le faltaban por escribir.

Así fue como ella, volvió a ser feliz.

Texto completo en audio, en el video de YouTube:

Roberto Walker D.

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