La Náufraga.

La embarcación recibía constantemente los golpes incesantes de las grandes olas del mar, que reventaban con fuerza contra el velero llamado "Crisis". De repente, Julia cayó de la borda y fue engullida por esa gigantesca masa de agua oscura, fría y tenebrosa.

Era de noche, y Luis veía distante y aferrado a la borda, cómo terminaba una relación, mientras de forma fortuita, caía de la nave, un pequeño bote inflable.

Él, quería buscar otros Horizontes, navegar otros mares, vivir nuevas experiencias... Mientras Julia, se ahogaba en la inmensidad salada del dolor, viéndolo desaparecer sin más.

Ella comenzaba a tiritar y la luna de forma amistosa alumbraba a un mar que empezaba a calmarse. Encontró el bote, y pudo luego de varios intentos, subirse. Su pantalón negro que estaba totalmente empapado, se le aferraba a la piel como si fuera un guante de látex... al tiempo que sus manos temblorosas consiguieron dar con el pequeño remo que estaba dentro de lo que era en ese momento... su única tabla de salvación.

Hizo de la luna su referencia, y vio muy lejos a su derecha... una pequeña isla que se le hacía tenebrosa. Y a su mano izquierda... una neblina densa e infranqueable.

Luego de meditarlo por algunos segundos, fue hacia la isla... simplemente porque se le hacía lo menos malo en ese momento, remando pacientemente durante gran parte de la noche.

Al amanecer, Julia llegó a la orilla de esa costa que aún de cerca veía con temor. Quizás con más temor, que el de antes de llegar. Imaginarse sola le hacía sentir la presencia de diversos demonios que la aterrorizaban con sus más terribles miedos.

La playa a donde arribó, no permitía descubrir qué había detrás, solo veía árboles, miles de ellos.

Se sentó encima de una roca que sobresalía de la arena, mientras el sol la iba ayudando a secarse... Y empezó a llorar, como si faltaran segundos para que un enorme asteroide chocara contra la tierra y la volviese añicos. Como si todo fuera a acabarse en cuestión de un instante, o peor aún, como si ya todo se hubiese acabado.

Maldecía la isla, al destino, a Luis... donde sea que estuviese, y al mundo por hacerle esa traición.

De pronto vio una especie de islote en medio de la niebla espesa, que desde lejos deslumbraba. Parecía un pequeño paraíso, justamente como un oasis de arena en un desierto de agua y sal.

No quería estar ni un minuto más donde estaba, remara lo que tuviera que remar, ella se negaba a estar en esa isla. Cogió su bote y sin dudarlo, se lanzo de nuevo al mar.

Tras varias horas llegó al islote. Pudo resguardarse bajo unas palmeras, y se entristeció al ver que todo estaba prácticamente desierto, que solo era una fachada. Evidentemente no podría subsistir en ese lugar, aunque aprovechó unos frutos que habían caído en la arena, para hidratarse y para comer algo.

La niebla de tanto en tanto se disipaba y volvía, mostrando por segundos, otros islotes idénticos en contenido al lugar donde ella estaba. Se sintió vacía, muy vacía... Y decidió regresar a la isla tenebrosa.

Le daba miedo explorarla, pero no le quedaba otra alternativa. Tuvieron que pasar varios días mientras lloraba desconsolada, hasta que un dulce vuelo de una gaviota, la hizo tomar la decisión de descubrir lo que había dentro de esa isla.

Llevó una piedra como arma arrojadiza en su mano derecha, y un palo de madera en forma de lanza en la mano izquierda, mientras muy despacio penetró en ese bosque espeso de árboles entrelazados.

Escuchaba ruidos extraños, como si fueran miedos susurrándole al oído: que no podía, que era incapaz, que no valía lo suficiente, que no encontraría más nunca el amor... hiciera lo que hiciera.

No se dejó amedrentar y siguió hacia adelante... Soltando incluso sus armas y conociendo a su paso el bosque, cada árbol, cada nueva posibilidad, cada talento escondido, cada miedo que tan solo era un susurro temeroso y no una verdad.

Al terminar, observó extasiada un lugar maravilloso, que tras un par de minutos bautizó con el nombre de... "Soledad".

Era un sitio especial donde había agua fresca de río, plantas, frutos, y un montón de historias que leer, en las estrellas de ese cielo iluminado que la hacían sentirse tranquila y en paz... como si se hubiese conectado con todo la inmensidad del Universo.

Se hizo una cabaña y disfrutó de lo que tenía, sin pensar en lo que había perdido. Empezó a conocerse mejor, a quererse y a conectar con la energía del amor. Hasta que un día, trotando por la mañana en la orilla de la playa, vio como se deshacía la niebla... dejando a la vista varias embarcaciones de formas diversas, mostrándose como si fueran pavorreales.

Julia se detuvo mientras esbozaba una sonrisa... Y en ese momento descubrió, que ahora sí estaba preparada para un amar justo, equitativo, y de amor compartido, entre dos. Pero que no había prisa, porque ya había aprendido a quererse.

Se perdonó y supo perdonar a quienes le habían herido. Pasó página sin dejarse nada en el tintero, porque comprendió que era lo mejor para ella y que tenía que jugar para su propio equipo... y no al revés.

Esos atardeceres que disfrutaba cuando se iba el sol, le habían enseñado que un alma que intentaba ser noble, no podía almacenar... odios, rencores, o envidias.

Se quitó de encima tanto que le pesaba, que parecía un ave, danzando, a la orilla de su felicidad...

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